Cómo viven hoy los argentinos en Miami

“Esos ya no son argentinos”… La frase la escribió Ana Lucía, un lectora tucumana de Infobae, descalificando a los participantes del primer Campeonato de Asado de Argentinos en Miami, que se hizo en el Doral Central Park.

Tuve el honor de estar allí la noche del sábado 17 de noviembre. Fui el conductor del evento, que reunió 10 mil personas, según el cálculo de la policía local.

Caminé entre los stands, transmití desde allí. Y conocí la historia de los expositores. Entre ellos estaba Karen, una venezolana que vendía alfajores caseros de maicena. “Es que me casé con un argentino y viviendo en Buenos Aires también me enamoré de su comida”, me dijo.

También la vi a Patricia. Ella es colombiana. Junto a Eduardo, argentino, se especializan en provoletas. Una chica de Posadas, Verónica, ofrecía yerba mate con diferentes sabores: “Traigo la yerba desde Misiones y aquí reelaboro un producto distinto, con hierbas como chamomilla o jengibre”. Y todas las semanas organiza mateadas, cuya recaudación destina a escuelas carenciadas de su provincia.

No puedo dejar de mencionar a los uruguayos con sus bolsos y carteras, en “Moo Uy“, el puesto de María José.

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Y mucho menos, la conmovedora propuesta de Silvia Planas-Prat, que dejó Barcelona porque su hijo autista no era bien tratado en el colegio y se radicó en Miami, donde ahora dirige “Miami is kind“, una panadería que le da trabajo a personas con ese mismo problema.

En un pasillo de cien metros, entre bolsos, artesanías, juguetes, portabotellas, cerámicas y prendas de cuero, el caleidoscopio de orígenes y acentos, la mezcla de destinos, tuvo su punto culminante cuando vi a una chica que caminaba llevando dos porciones de torta de ricota en sus manos. Por supuesto, pensé que era argentina. Y por supuesto, también, me equivoqué:

– Soy cubana, pasé muchos años en Buenos Aires y desde que me fui nunca había vuelto a comerla… Es un sabor que me hace evocar una época inolvidable de mi vida…

Me quedé pensando en la frase de la lectora Ana Lucía.

¿Karen dejó de ser venezolana porque el amor la llevó a fabricar alfajores argentinísimos? ¿La catalana no tiene nacionalidad desde el momento que busca otro lugar para mejorar la vida de su hijo? ¿La ayuda a una escuela de Misiones pierde mérito si se hace a 8 horas de avión?

Esos ya no son argentinos“.

Nuestros abuelos, que fueron españoles, italianos, rusos, libaneses y polacos, ¿dejaron de serlo al venir a la Argentina? Los venezolanos que pedalean por Buenos Aires con el bolso en la espalda, los colombianos que nos atienden en las cafeterías, los dominicanos que nos cortan el pelo, los bolivianos que nos venden la fruta y la verdura, los paraguayos que están construyendo el edificio de la esquina de casa, ¿qué son, ahora que viven en la Argentina?

Probablemente, la lectora Ana Lucía identifica la nacionalidad con la residencia en el territorio nativo. Es una creencia, tan respetable como cualquier otra. Por mi parte, en cambio, creo que una Nación es un sentimiento.

Un sentimiento compartido a través del tiempo y la distancia. Y que no se ajusta inexorablemente a un marco geográfico.

Dicho de otra manera: me parece que se puede ser muy argentino viviendo lejos de casa. Como Juan Bautista Alberdi, aquel comprovinciano de Ana Lucía que pasó en el extranjero 44 de sus 73 años. Y al contrario, hay compatriotas que nunca salieron de aquí y que no siempre han dando pruebas de honrar nuestra ciudadanía.

En esta crónica les voy a contar cómo viven hoy los argentinos en Miami. Historias con mucho esfuerzo, semblanzas de familias con chicos, relatos de aspiraciones laborales, confesiones de sentimientos templados por la lejanía.

Ojalá que nuestra amiga Ana Lucía la lea. Si llega al final, quizás cambie de opinión. Y como corresponde a mi condición de locutor, voy a empezar por la radio.

Porque Nicola Paone fue uno de los personajes más populares en la historia de la radio de Argentina. Había nacido en Pensilvania, hijo de inmigrantes italianos. Sus padres eran de un pueblito llamado San Pier Marina, entre Milazzo y Spadafora, en Messina, Sicilia. Un día decidieron irse a vivir a Estados Unidos.

Nicola -en realidad, bautizado Nicholas- se hizo cantante. Su repertorio era sencillo, directo. Le cantaba a los miles de italianos que, lo mismo que sus propios padres, habían decidido irse de Italia y comenzaron una nueva vida en Estados Unidos.

Muy pronto, su fama llegó a la Argentina. Aquí debutó en Radio Belgrano en 1953. Desde el primer momento tuvo un éxito clamoroso y la multitud desbordaba los estudios de LR3 en Ayacucho y Posadas. Entre otras canciones popularizó una que se llamaba “Uei… paesano!”.

La letra decía que Italia es muy chica y con mucha gente, y que muchos tenían que irse al extranjero a ganarse el pan. Y agregaba:

E lascia la famiglia, di casa se ne và / Guadagna il pane e si va perder’ la felicità” (…Y deja la familia, de casa se va. Gana el pan sí, pero pierde la felicidad…)

Sencilla, casi pueril, sigue narrando de qué manera el inmigrante le escribe a la madre, diciéndole que tiene buen trabajo, hasta que una hermana le da la noticia infausta de la muerte de la madre.

Inchiostro carta e penna carissima mammà, Io qui sto molto bene, non ti preocupar. E tu dimmi come stai e come sta papà. Ti prego di risponder’ e non mi fai aspettar. E aspetta aspetta un giorno una lettera ci stà E una sorella dice che non c’è piu mammà“.

Esta canción, candorosa pero emotiva, enumeraba las diversas regiones de Italia de las que proceden los inmigrantes y encendía el corazón de todos ellos al terminar diciendo que lo importante era que compartían la misma nacionalidad:

“Ma lei è forse piemontesse, lombardo, genovese. / È veneto, o giuliano, friulentino, emiliano. / Dalle marche o pur’ toscano, forse unbro mio paesano. / Dal abruzzo, dalla materna quella nostra Roma eterna. /È di Napoli, pugliese, forse sardo o calabrese, / Luccano, siciliano ¡Cosa importa, è italiano ! / ¡E se è italiano basta già !”.

La ingenuidad de “Uei… paesano!” encontró terreno fértil en la historia personal de los miles de italianos que llegaron a la Argentina después de la segunda guerra mundial. Los conmovió, los representó y los hizo sentir parte de un sentimiento común, pese a los 11.145 kilómetros que separan a Buenos Aires de Roma.

Siempre he pensado que cambiando el nombre de las provincias italianas por Mendoza, Córdoba, Chaco, Santiago del Estero y todas las demás, tendríamos una canción que haría impacto en cualquier lugar del mundo en el que haya argentinos.

Porque la distancia no sólo no disminuye el amor por la tierra en la que uno ha nacido, sino que lo transforma en un nuevo y más complejo sentimiento.
En Miami, los argentinos no abandonan su nacionalidad. La enriquecen y la transforman, toman contacto con personas de otros orígenes, se adaptan a nuevas costumbres sin olvidar las propias. Empiezan a vivir la experiencia de ser latinos.

Casi se podría decir que forjan una nueva identidad, otra forma de ser argentinos.

Hoy encontramos muchísimos ejemplos de esto en Miami, donde según nos cuenta Juliana Hecker, del Consulado Argentino, viven unos 60.000 compatriotas registrados. Otras fuentes aseguran que, en total, incluyendo a los ilegales, hay 90.000 argentinos en el sur de la Florida (la cifra era mucho mayor hace 15 años, pero muchos argentinos regresaron al país).

Algunos casos son notables, porque se trata de inmigrantes por partida doble. Mario Graziano nació en Italia en 1945, pero ya en 1953 vivía en Argentina, donde sus padres -obligados a dejar su país por la miseria de la posguerra- abrieron una carnicería. La familia trabajó duro y llegó a tener seis locales y una distribuidora de carne. Pero en 1989, como consecuencia de la crisis financiera de Argentina, Mario volvió a emigrar. Y junto a su esposa y sus tres hijos argentinos se radicó en Miami, donde empezó con un pequeño mercadito en Coral Way. Hoy está al frente de un emporio familiar que tiene 350 empleados en seis restaurantes (Brickell, Bird Road, Coral Gables, Hialeah, Aventura y Doral), cinco mercados (Bird Road, Coral Gables, Doral, Hialeah y Weston) y una pizzería en Sunset Drive, South Miami.

Cada mañana se lo ve cortando la carne en su local de Coral Gables, tal como lo hacía en su carnicería de Buenos Aires. Le gusta hacerlo. Pero la actividad que le causa más placer es estar con sus nietos norteamericanos, que tanto le dicen “nono” como “grandpa“.

Una historia similar es la de Felice Ambrosio. Nació en Nápoles en 1938 y en 1949 ya vivía en la Argentina. En Buenos Aires se casó y tuvo sus hijos. En 1988 fundó “La Stampa“, el mítico restaurant de pastas de la esquina de Migueletes y Maure, en La Imprenta. Fue un éxito. Abrió sucursales en Posadas al 1000, en Salguero al 2700, y también en Punta del Este. Hace muy poquito, en julio de 2018, inauguró “La Stampa” en Miami, en pleno Financial District: 1414 Brickell Ave, al lado de “Novecento“.

“Sigo luchando, Julio… Miami me está dando una gran oportunidad…”, me dice.

Como se la dio hace 36 años al matrimonio de Emidio (así, con “d”) y Gabriela Dilorenzo. Él había nacido en Italia en 1937, de donde emigró a Argentina durante la segunda guerra mundial. En Argentina fue joyero y Gabriela era secretaria en un juzgado. Llegaron a Miami en mayo de 1982 con sus hijos. Se instalaron en Kendall, donde cambiaron absolutamente su actividad y abrieron “Che Tano”, una parrilla legendaria que ahora se llama “Los Tanitos”.

Al poco tiempo de instalarse nació Carla, que hace unos días me dijo:

Yo viajé en la panza de mi mamá. Tengo lo mejor de los dos mundos. La sangre argentina y el pasaporte americano. Fui hecha en Argentina, pero nací en Miami.

Emigraron. Viven en Miami. Se juegan una nueva oportunidad de vida. Para mí, son profundamente argentinos.

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Fuente: Infobae